Alex Legba
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03 Feb
Empezar otra vez: diez años de Sureste

El ritual comenzó como siempre: citados temprano para cumplir con la vieja y noble tradición de hacerte esperar en la calle más de una hora, viendo cómo el tiempo se diluye con la certeza de que nadie aprende nada en esta escena. El  Rooftop todavía no estaba a tope, pero la convocatoria era buena: caras conocidas, camisetas negras y ese aire de “hoy sí duele, pero vale la pena”.

Fotografía Alan Navarro

La primera banda en salir fue Norte. Y no, no fui el único que los confundió con Norte Verdadero hasta que ya estaban arriba del escenario. El problema no fue el error de identidad, sino lo que siguió: un sonido demasiado popero, demasiado pulido, demasiado autotune para un evento que pedía otra cosa. Hubo una sola canción rescatable en todo el set; el resto pasó sin dejar marca. Lo mejor de su acto, sin ironía, fue el jersey de Pokémon que traía uno de los integrantes. “No termino de conectar con esto”, fue la decisión unánime del astro crew. Un set flojo y fuera de tono.


La noche levantó un poco con Quinto Atlas. Los regiomontanos traían una propuesta más sólida, más honesta, con mucho core y spoken word, y una influencia de Sureste que no intentaban ocultar. El problema fue el tiempo: su set se sintió demasiado corto, como si apenas estaban entrando en calor cuando ya les estaban bajando del escenario. Aun así, dejaron claro que entendían el terreno que estaban pisando.


Y entonces sí: Sureste, celebrando sus bodas de aluminio, muy oportunamente coincidiendo con mis diez años de haberme involucrado en la escena y los conciertos. Una década sosteniendo una banda emo desde Guadalajara sin necesidad de inflar números ni jugar a ser otra cosa. No me canso de decirlo: Sureste es la mejor banda emo que ha parido la ciudad, incluso si otros nombres del género son más conocidos o más fotogénicos para el algoritmo.


El set fue un recorrido completo por su discografía, desde Somos Caminos hasta Quiescente, sin prisa y sin nostalgia forzada. No era un “miren lo que fuimos”, sino un “esto es lo que somos y lo que sobrevivió”. El peak emocional llegó con Empezar pt. II: el rooftop convertido en coro colectivo, gargantas rotas, cuerpos cansados empujando el último resto de energía.


Para ese punto, ya estaba desorientado, flotando entre canción y canción, como si el concierto se estuviera doblando sobre sí mismo. Pero incluso en ese estado, o tal vez gracias a él, quedó claro que Sureste no necesita artificios: su fuerza está en las canciones, en la honestidad y en haber aguantado diez años sin traicionarse.


No fue un lleno total, no fue una noche perfecta, pero fue una noche necesaria. De esas que te recuerdan por qué sigues yendo a conciertos aunque te hagan esperar afuera, aunque haya teloneros que no conectan, aunque el cuerpo ya no responda igual. Sureste celebró su aniversario como se debe: tocando todo, dejando todo y recordándonos que algunas bandas no envejecen, se afilan.

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