Alex Legba
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06 May
No fue cobertura, fue terapia

Hay noches en las que un concierto se convierte en un ritual para ajustar cuentas con tu yo pre-adolescente. 


El viernes 24 de abril caí a Cuerda Cultura con un estado de déjà vu emocional: como si aquel niño que en las actividades de la iglesia parodiaba canciones populares del momento cambiandole las letras ya hubiera aprendido a pagar cover, pedir cerveza a sobreprecio y fingir que ya no le importa tanto la música… aunque claramente sí.

Fotografía: Marylu Vasallo

De vuelta al presente estaban tres nombres que marcaron una etapa entera de vidas mal peinadas, fotologs abandonados y promesas gritadas en mayúsculas: José Meyer Ibarra, Erik Canales y Andrés Canalla. Formato acústico, con el show "Emperatriz", una cápsula del tiempo con guitarra desenchufada.


Cuerda Cultura se ha vuelto uno de los venues mas emblemáticos de la escena independiente local, te obliga a tomar postura: o lo amas o lo odias. No hay punto medio. Funciona como restaurante de día y como sala de conciertos en la noche. Tiene un árbol en medio del patio que parece diseñado específicamente para partirte la madre y sabotear cualquier intento de slam, pero que sin él el lugar perdería todo su encanto. El personal de barra mantiene su mítica  “amabilidad hostil” que ya es casi parte del branding. Y, contra todo pronóstico, el lugar se disfruta más cuando no estás trabajando con una cámara colgando como grillete del cuello y puedes simplemente estar ahí, absorbiendo el ruido. Simplemente estar...

Fotografía Marylu Vasallo

Abrió la noche Alan Rangel, cumpliendo su rol ingrato pero necesario de telonero: calentar motores para un público que todavía está pidiendo chelas y ubicando a sus compas. Después, el turno fue para José Meyer, jugando de local. Set breve, directo, sin rodeos. Material solista al frente, pero con el guiño inevitable al pasado: temas de Thermo para recordarle a todos por qué estábamos ahí en primer lugar.

Fotografía Marylu Vasallo


Luego salió Canales, y a partir de aquí es donde la noche empezó a torcerse en algo más personal.


Arrancó con “Me Cambio”, de Allison, como quien sabe exactamente qué botón presionar en una generación entera. El resto del set navegó entre material propio y nostalgia calibrada, hasta cerrar con “Frágil”. 

Fotografía Marylu Vasallo

El cierre quedó en manos de Andrés Canalla, vocalista de Tungas, en un regreso solista que llevaba años en pausa. Había expectativa, había hambre… y también ausencias. “Centro Médico” no apareció en el setlist. Aun así, el momento se sostuvo: un reencuentro con algo que muchos no sabían que seguían necesitando.

Fotografía Marylu Vasallo

Ahora, una pregunta: ¿cuántas veces al día Erik Canales tiene que escuchar a algún baboso ebrio balbucear que sigue a la banda desde la era MySpace? El viernes, uno más se sumó a la estadística. Cortesía de su servidor.


Toda buena crónica necesita su momento de crisis moral: ese punto donde en tu rol de prensa te miras al espejo y ves, con total claridad, al fanboy que se supone que no debes ser.

Fotografía Marylu Vasallo

Porque existe una línea delgada, demasiado delgada, entre el profesionalismo y el impulso primitivo de acercarte cual paparazzi acosador a alguien que soundtrackeó parte de tu vida y pedirle una foto... y sí, la crucé. Sin pena y sin tantita madre.


De alguna forma que todavía no termino de recordar como sucedió, terminé colándome a camerino con el crew de Erik Canales. Nadie me cuestionó que estaba haciendo ahí, nadie me corrió. Al contrario: me trataron como si fuera parte del mobiliario o como si siempre hubiera estado ahí.


Desde una esquina, pegando la oreja, escuché conversaciones que desmontan el mito del rock nacional cómodo y acomodado. Comparaciones con el Foro Alicia, historias de años abriendo shows, de chingarle desde abajo, de tocar para bandas que después terminaron siendo menos relevantes. La épica real, sin glamour.

Y entonces pasó: el momento exacto donde mi yo del 2006 tomó el control de mi cuerpo y de mi mente.

Le pedí la foto...y Erik Canales, lejos de cualquier pose de rockstar mamón (que la verdad si lo aparenta) agarró mi celular como si nada, sonrió y disparó la selfie. Sin ego, sin historia y sin más complicaciones.

Pero con todo el peso de veinte años cayendo de golpe. Mi yo del 2006 estaría encantado si supiera lo que le esperaba 20 años después.

Fotografía Marylu Vasallo


Se acabó la noche con esa certeza de que crecer no es dejar atrás lo que te formó, es aprender a mirarlo sin tanto cinismo… o al menos con un cinismo más honesto. Porque por más vueltas que le des, por más que intentes esconderlo detrás de la palabra “crónica”, la verdad es mucho más simple: sigues siendo ese cabrón que se sabe “Frágil” de memoria.


La única diferencia es que ya no eres un morro pendejo de 10 años en una junta de acólitos cambiando la letra por algo sobre sacarte los mocos… ahora eres un wey rozando los treinta, con una crisis prematura y la sospecha cada vez menos disimulable de que, en el fondo, no ha cambiado absolutamente nada.


Y lo peor (o lo mejor, no estoy seguro) es que tampoco quieres que cambie.

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