Hay algo medio injusto en escuchar canciones de amor cuando eres demasiado joven: te las aprendes completas, las cantas como si te hubiera pasado todo lo que dicen y, en realidad, no tienes idea de lo que estás hablando. Luego creces, vuelves a escuchar esa misma canción y piensas: ah… con razón. Con Alejandro Sanz pasa muchísimo, porque varias generaciones crecimos escuchando “Corazón partío”, “Amiga mía” o “Y, ¿si fuera ella?” mucho antes de tener el corazón lo suficientemente maltratado como para entender realmente de qué estaba hablando ese señor.